Thursday, March 27, 2014

Juego de índices

Existen muchos índices inventados para medir cosas muy diversas, como el índice Geni para medir la desigualdad en un país.  Como pocas veces uno puede bautizar cosas, he decidido unirme a la corriente e inventarme un par de índices.  Le llamaré al primero: el Índice del Parqueo (IP).  Éste se obtiene dividiendo el número de empleados de una empresa entre sus espacios de parqueo (no incluir el de los clientes).  Entre más cercano sea el IP a 1, mejor la remuneración promedio tendrá esa empresa.
Pues ¿qué pretende medir el IP?  El razonamiento es el siguiente (un tanto simplista debo admitir, pero sirve para reflexionar un poco): si una empresa ocupa personal capacitado, debe pagarles bien.  Si les paga razonablemente bien, se podría esperar que puedan tener carro y casa, entre otras cosas.  Si su fuerza laboral es compuesta por miembros de la clase media, se podrá esperar que ofrezca espacios de parqueo para sus empleados.  En cambio, si es una empresa donde su personal es mínimamente capacitado, se le pagará si acaso el salario mínimo, y todos sabemos que no alcanza ni para la comida de una familia.  En este caso la empresa no tendrá espacios de parqueo más que para la gerencia y el dueño.  Cabe decir que este tipo de empresas se puede movilizar más fácilmente entre diferentes lugares dentro de un país, o relocalizarse a otro país si cambian las condiciones.
Por ejemplo, ¿cuántos espacios de parqueo tiene una maquila?  ¿un call center?  ¿una transnacional en una zona franca?
Les dejo dos fotos aéreas de dos empresas para que se hagan la idea.  La primera es una empresa fabricante de dispositivos médicos en el Coyol de Alajuela que contrata mayoritariamente operarios (bachilleres de colegio).  La segunda es de otra empresa transnacional en Heredia que contrata profesionales universitarios y técnicos muy especializados (aclaración: están en un factor de acercamiento diferente, pero se distinguen los espacios de parqueo, y además la segunda tiene 10 veces más empleados que la primera).


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¿Cuál es la utilidad posible del IP?  En realidad sirve más para un diagnóstico crudo y rápido: ¿qué tipos de empresas tenemos ahora?  ¿qué tipos deseamos tener?  Pues ocupamos más empresas con alto IP que con bajo IP.  Esto no quiere decir del todo que las personas menos capacitadas no merecen trabajo.  Es bien sabido que por cada profesional que se contrata, se crean otros puestos de trabajo indirectos, y todo el sistema se sostiene.
La próxima vez que visiten o pasen por enfrente de una empresa, fíjense en la cantidad de espacios de parqueo que tiene, algo les va a decir de ella, sin tener siquiera que entrar por la puerta.

Costos ocultos de un posgrado

¿Empacando para viajes en que no irías? o ¿ver sorteos de lotería donde no puedes comprar un número?

Siempre se ha hablado de los grandes beneficios que obtiene el país cuando un costarricense obtiene un posgrado en el extranjero (sea maestría o doctorado).  Muchos más si este costarricense se dedica a investigar y a formar nuevo recurso humano en el país.  También se ha hablado de los costos materiales de enviar a alguien y que efectivamente vuelva, años después a nuestra universidad.  Lo que nunca se ha hablado es de los otros costos, humanos y materiales que incurre el estudiante y el país.

Cuando un profesional decide alejarse de su patria para estudiar, sabe que es un privilegio, pero más que eso también es un gran sacrificio.  Es un largo camino de estudios, de dos a cinco años (en ocasiones hasta ocho años), de trabajo de investigación y de aprendizaje.  Pero también son años de no percibir un salario, de no poder ahorrar ni realizar planes a largo plazo.  Y hay un costo “invisible” además: usualmente este profesional tiene familiares y dependientes, que deben dejar su vida profesional y familiar de lado para acompañar al estudiante en esta travesía.

En muchas ocasiones (como es nuestra sociedad machista), es la esposa o compañera la sacrificada: ella debe truncar su carrera profesional o sus estudios con tal de que se logre el sueño académico (y profesional) de su cónyuge.  En estos casos (que son muy paralelos a la decisión de tener hijos), el país no pierde solamente un profesional temporalmente (el estudiante de posgrado) para ganar un máster o doctor años despúes, sino que también pierde un profesional (el cónyuge) que el país también valiosamente cultivó por años.  Este profesional probablemente le costará mucho más reencaminarse en su carrera profesional (que lo digan las madres profesionales que tratan de volver a encontrar un empleo luego de ver crecer a sus hijos).

Nosotros, los que estudiamos los posgrados, sí estamos invitados a “comprar un número “ de la lotería de las oportunidades profesionales: viajes al extranjero, cursos, conferencias, mientras que nuestros cónyuges nos alientan y acompañan, pero sin dejar de sentir nostalgia de la vida profesional que pudieron haber tenido.

¿De qué forma se les toma en cuenta en la ecuación del posgrado?  La única forma en que “existen” es en el 25% extra del monto de manutención que se nos brinda, pero fuera de eso, no existen.  Esta complejidad es muy similar a la de tener hijos en una pareja, y la pregunta que como sociedad debemos hacernos es: ¿Cómo podemos encontrar una forma justa de beneficiarnos?  ¿Porqué nuestra sociedad nos obliga a elegir entre familia y carrera?  ¿Cómo podemos pagarles su apoyo, atención, aliento durante tantos años?

Nuestra universidad estar a la vanguardia y encontrar una solución, aspirar a ser el modelo que la sociedad costarricense necesita y no ser un mero reflejo de nuestra sociedad actual.